Revista Fronteras de Papel

En els darrers anys he publicat diferents articles en castellà a la revista Fronteras de Papel dedicats a l’Uzbekistan i en concret, dedicats a les ciutats mil·lenàries de Khivà, Samarcanda i Bukharà, els grans centres de la cultura, les tradicions i l’art, una trilogia que va rebre el nom de “Uzbekistan: cuenta la leyenda…” ja que cadascun dels relats neix gràcies a les llegendes que s’amaguen darrera de les parets blanques de la ciutat o en les llums i ombres de les seves llars. També vaig publicar un article dedicat a una de les figures més importants de la fotografia del segle XX, Max Penson:

Max PensonArticle “Max Penson. Un poema visual de la transformación de Uzbekistán” a la revista Fronteras de Papel (agost 2013). 

Extracte: “Max Penson (1893-1959) nació en una familia judía pobre en la pequeña ciudad de Velizh en la actual provincia de Smolensk (Rusia). Pronto se trasladó a Vilnius (actual capital de Lituania), donde gracias a un subsidio pudo tomar estudios de pintura decorativa hasta que en 1914 su familia, debido a los pogromos antisemitas, se vio obligada a marchar a Kokand en el corazón del Valle de Fergana (actual Uzbekistán).

Tras la Revolución Rusa de 1917 el Comité Revolucionario de Kokand fundó una escuela de arte nombrando como director a Max Penson que además pudo demostrar sus aptitudes artísticas enseñando dibujo a los 350 alumnos que la formaban. Poco después, en 1921, a los 28 años, inició su pasión por la fotografía gracias al regalo de una cámara Leica que, con el paso de los años, lo convertirían en una referencia no sólo a la Unión Soviética sino también internacionalmente…”

Article “Khiva, un oasis entre desiertos” a  la revista Fronteras de Papel (maig 2008). Article inicial d’una trilogia que du el nom de “Uzbekistán: cuenta la leyenda…” dedicada a les ciutats mil·lenàries de l’Uzbekistan.

Extracte: “Mientras cortamos por la mitad una radiante y jugosa “tarbuz“ (sandía en uzbeko), Nadir, mi joven anfitrión, a quien conocí en su tienda familiar dedicada a la artesanía del cobre, deja fluir suavemente una historia que dice así: Cuenta la leyenda que Sem, el hijo de Noé, erraba al frente de su tribu desde hacía semanas por las arenas negras del desierto de Karkum y se dirigía hacia las llanuras estériles y pedregosas del desierto de Kizilkum en el corazón de Asia Central.

Una tarde, al caer el sol, acampó a un día de camino de un río próximo, el río Oxus, conocido actualmente como Amu Daria. Aquella noche, en sueños, vio miríadas de luces como si un numeroso ejército avanzara en la oscuridad a través de las dunas del desierto portando cada soldado una antorcha encendida. Turbado por el sueño, y en medio de fríos sudores, Sem despertó a sus hombres y les ordenó amontonar arena hasta levantar un cúmulo que diera la sensación de una fortaleza. Pronto, los constructores de esta estructura dieron muestras de cansancio y de sed, así que decidieron excavar un pozo en las cercanías para buscar agua fresca con que calmar su ansiedad y así, continuar con su labor.

En el pozo comenzó a manar agua de insólita dulzura. Los hombres sorprendidos por su sabor exclamaron: “Khei-vakh, Khei-vakh”, mientras iban pasando de mano en mano los odres llenos de este delicioso manjar. Esta expresión de alegría significaba: “Que agua tan maravillosa tiene este pozo…”.

Article “Samarcanda, el rostro más bello” a  la revista Fronteras de Papel (octubre 2008). Segon article de la trilogia “Uzbekistán: cuenta la leyenda…”

Extracte: “A cada nuevo nombre aparecía un viejo papel de entre el montón iluminando mi alma viajera y, con el paso de los siguientes días, surgió sutilmente, en pequeños susurros de suaves colores turquesas acompañados del rumor de las oraciones y de los olores de las especias y carnes, una Samarcanda monumental donde las mezquitas y minaretes rivalizaban en belleza con mausoleos y templos.

Al día siguiente, con las primeras luces me dirigí a visitar los restos del gran observatorio astronómico Gurkhani Zij que construyó en el año 1428 Ulugh Beg, nieto de Tamerlán y breve soberano del imperio timúrida. Aquí destaca el inmenso sextante de casi cuarenta metros de radio que sirvió para calcular la posición de las estrellas en el firmamento, los solsticios o la eclíptica, y para elaborar seguramente el mejor catálogo estelar de la Edad Media, el Zij-i-Sultani, donde se detallan 1.018 estrellas. Pero además, Ulugh Beg calculó con extraordinaria precisión la duración del año sidéreo con un ligero error de sólo 58 segundos.

Paseando mi atención por la exactitud de estos datos de hace casi seiscientos años, sentí una presencia desconocida, era como si en mi interior las leyendas tomaran forma y los personajes presentaran sus credenciales… Seguramente el calor sofocante de la ciudad me llevaba a la fascinación de la Samarcanda leída en mi adolescencia…”

Article “Bujara, la lenta arena del reloj” a  la revista Fronteras de Papel (febrer 2009). Darrer article de la trilogia “Uzbekistán: cuenta la leyenda…”

Extracte: “Así es el atardecer en la milenaria Bujara: familias tayikas reunidas en el Labi-Hauz (traducido literalmente: “alrededor de la piscina o del estanque”), en largas conversaciones que se mezclan con olores y aromas, restaurantes y salones de té ( tchaï-khana) rodeando el estanque donde se bañan los niños saltando alegremente desde los árboles que dan sombra a toda la plaza. Un murmullo de vida recorre el centro de la ciudad y fluye hacia el interminable laberinto de calles estrechas y paredes blancas, de casas que relucen anaranjadas con los últimos rayos de luz del día, de bazares cubiertos rebosantes de mercancías (alfombras, sedas, lanas, objetos de cobre, joyas y orfebrería) o de majestuosas mezquitas y madrazas de cúpulas azules.

La exquisita hospitalidad de esta ciudad, que durante siglos ha sido hogar de judíos, zoroastrianos, musulmanes y sufíes, nos descubre un mundo de historias, relatos y leyendas. Con un suave gesto de la mano, Abduali, el padre, me muestra los edificios y monumentos que nos rodean: al norte del estanque se encuentra la madraza de Kukeldash (1569), que hace años fue la mayor escuela coránica de toda Asia Central; delante de nuestros ojos, al este, aparece la madraza de Nadir Divanbegi (1622) con las representaciones de dos majestuosas aves ataviadas con los colores blanco (símbolo de la paz), celeste (del cielo y del agua) y verde (de la naturaleza); y al oeste se alza la khanaka -centro espiritual sufí- de Nadir Divanbegi (1620)…”

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